Artículo: Arte y política ¿una relación peligrosa? / Literatura en el aula

CICLO DE CONFERENCIAS: LA LITERATURA Y EL ARTE EN LA CLASE.

Arte y política ¿una relación peligrosa?

En esta charla nos hemos preguntado si el arte tiene una relación identificable con la política.
En general pensamos que esta relación cuando existe no es buena para el arte.
Y viceversa, pensamos que una política estetizada es una política totalitaria.
Este es un tiempo de dudas, es un tiempo de desconcierto, un tiempo de futuros cancelados.
La propia idea de futuro está en crisis. La política tiene muy mala fama hoy en día, y quizás, la asociamos a los discursos de odio y a la habladuría mediática que nos agobian.
Además, vivimos en un régimen de guerra donde todo parece volverse propaganda.
En este panorama tan complicado, exploraremos con ejemplos del cine y la literatura estas tres preguntas: ¿Podemos realmente diferenciar el arte de la propaganda? ¿Puede la política separarse del poder? ¿Pueden el arte y la política restablecer algún tipo de esperanza?

 

Resumen de la charla 

En la TV y las redes sociales abundan los relatos de superación y autoayuda. Aunque son muchos y variados y aunque tengan formatos diferentes, todos nos cuentan historias parecidas: nos proponen un modelo de vida basado en el autodominio y el sacrificio, nos propone una especie de aislamiento autista, “empresarial”, despolitizado, iletrado y machista, donde todo valor es un valor de mercado, toda penuria es una culpa y toda felicidad tiene el sabor de la posesión. Habría que preguntarse el porqué de tanta insistencia. Según los informes de Oxfam para 2022 (La ley del rico) y del Credit Suisse Group para 2020, un 1,1 % de la población mundial gestiona y controla el 45 %  de la riqueza que producimos entre todos. Un 11, 1 % concentra en sus manos el 84% de esta riqueza. La inmensa mayoría de los ricos de hoy son hijos y nietos de personas de ricas. Vivimos en una economía rapaz basada en el crecimiento y el despojo que si se detiene entra en crisis y crece a costa de la mayoría y a costa del planeta ¿Será que ya no podemos imaginar formas de vida más justas, mensos estresantes y automatizadas? Entre otros muchos, los economistas David Harvey (A Brief History of Neoliberalism) y Thomas Piketty (Breve Historia de la desigualdad) han demostrado que esta diferencia monstruosa entre ricos y desesperados se viene acrecentando desde el fin de la guerra fría. El sociólogo polaco Sigmund Bauman ha comprobado que nuestras vidas posmodernas son vertiginosas o “líquidas” siempre cambiando para satisfacer a nuestros empleadores. El sociólogo alemán Harmut Rosa concluye que vivimos en una permanente “aceleración social”, un presente perpetuo que va de la mano de las trasformaciones tecnológicas. Estas no nos trajeron más tiempo cualitativo de vida, al contrario: hacen que trabajemos más. Para Rosa vivimos en un “estancamiento dinámico” y como lo explicó el pensador inglés Mark Fischer: “el futuro está cancelado”.

Spinoza decía que todas las cosas quieren “perseverar en su ser”. También el estado, o el estado de esta situación busca perpetuarse. Para eso necesita el control policial y la vigilancia ideológica. De esto último se encargan nuestros gurús de la buena vida. Ellos nos enseñan a aislarnos del próximo y a trabajar sin descanso, promoviendo esa indiferencia y ese egoísmo que son el combustible del sistema. Curiosamente a esta dependencia los influencers la llaman libertad.

Este sistema parece “un crimen perfecto” y sin embargo hay actos, palabras o hechos casuales que se le escapan, que lo dejan en evidencia. Siempre hay algo que queda suelto, y por allí se cuela la esperanza. A estos accidentes, casualidades o inconsistencias Alain Badiou les llama acontecimientos. Un acontecimiento es algo que no se puede explicar según las reglas que organizan el mundo conocido, por eso está destinado a desvanecerse, a menos que tengamos la valentía de trabajar sus consecuencias. Sostener la verdad de un acontecimiento no es ni un negocio ni un trabajo, es una actividad desinteresada.

El arte tiene a veces la capacidad política para ayudarnos a imaginar, a través de estas “fallas” imprevistas, vidas diferentes. Cuando el arte logra afectarnos con una nueva imagen, cuando el arte no es simplemente publicidad o propaganda, el arte es político ¿Por qué?  Porque según Jacques Rancière (El desacuerdo), la política, en realidad, no es un asunto de ministerios, parlamentos, y presupuestos. Cuando hay consenso no tenemos política, dice Rancière sino policía, esto es: administración, funcionamiento y obediencia. La política no es eso. La política según Rancière aparece cuando la lógica de la dominación es interrumpida y las cosas del mundo vuelven a resonar en nosotros.  El arte no es político porque difunda consignas justicieras, lo es porque a veces nos ayuda a imaginar otro reparto, nos permite reconfigurar el mundo sensible. A veces una imagen nueva, nos recuerda por ejemplo, que la libertad también es el derecho a distraernos, porque cuando logramos aburrirnos, reaparece ante nosotros toda la belleza del mundo.